Fronteras

February 25, 2018

El asunto es el siguiente, o por lo menos así es como un servidor lo interpreta; los países no son más que un conjunto de fronteras dibujadas en tiempos lejanos, y no tan lejanos, por una serie de individuos que ya ni siquiera viven, basándose, principalmente, en sus intereses económicos. Estas fronteras suelen apoyarse en costas, ríos y cadenas montañosas, aunque en algunos lugares son líneas imaginarias que atraviesan desiertos, glaciares e incluso mares.

He oído en innumerables ocasiones conversaciones en las que alguien, con orgullo, enumera todos los países que ha visitado, he oído muchas otras veces a otras personas, o incluso a las mismas, enumerar, mirando al cielo, los países que quiere visitar. He visto soñar, y reconozco que he soñado con muchos de los dichosos países que dibujaron aquellos desconocidos.

Pero no recuerdo aún cuando, algo en mi concepción del asunto cambió.

 

Me considero desde entonces un tío raro de esos al que le da igual en qué país se encuentre, o qué países separe ese río que navegar esquivando cocodrilos y escuchando los aterradores sonidos de la selva, esa cordillera llena de picos más pequeños que un plato de ducha, afiladas crestas de hielo y roca azotadas por gélidos vientos e imposibles corredores y caras norte que escalar, o a qué país pertenezca esa izquierda hueca que revienta en octubre, siempre que no haya apretado El Niño ese año en el Pacífico.

 

No sé si es triste o no, que me considere raro porque genere en mi interior más interés cómo se saluda aquí o allí, a qué dios rezan y cómo, y por qué demonios lo hacen, o ser capaz de reconocer las diferentes tribus del Senegambia  por sus diferentes anchuras de nariz, algo que me sigue resultandode una dificultad extrema por más veces que vaya, que el interés generalizado que habitualmente observo  de tachar un país más en la lista, o de clavar otra chincheta en el mapamundi que preside, ancho y lleno de colorido tu habitación, y que hace que se te hinche el pecho cuando se lo muestras a tus ligues y amigos.

 

Escribo todo esto mientras apuro los últimos sorbos de un té que compré hace unas semanas a un tuareg en algún lugar del desierto del Sáhara, no sabemos exactamente en qué lado de la frontera que separa Marruecos de Argelia. Nunca lo sabré, y sinceramente, no pretendo descubrirlo. Viendo llover sobre Pamplona a través de mi ventana, con los pies helados, el sabor de este templado último trago me ha trasladado al sofocante calor de ese naranja, casi rojo, atardecer previo a una inolvidable noche en la que atravesamos, de duna en duna y en escala de grises, un pequeño erg bañado por la luz de la luna llena.

 

Con eso es con lo que me quedo, y qué más da dónde estuviera.

 

Jaime Miranda.

Instagram: @jaime_m_g

 

 

 

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